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Romance de Sor Juana

Con ocasión de celebrar el primer año que cumplió el hijo del señor virrey, le pide a su excelencia indulto para un reo


Gran marqués de la Laguna,
de Paredes conde excelso,
que en la cuna reducís
lo máximo a lo pequeño;
fondo diamante que arroja
tantos esplendores regios
que en poca cantidad cifra
el valor de muchos reinos:
Yo, señor, una crïada
que sabréis, andando el tiempo
y andando vos, desde ahora
para entonces os prevengo
que sepáis que os quise tanto
antes de ser, que primero
que de vuestra bella madre,
nacistes de mi concepto,
y que le hice a Dios por vos
tantas plegarias y ruegos,
que a cansarse el Cielo juzgo
que hubiera cansado al Cielo.
¡Cuánto deseé el que salierais
de ser mental compañero
de las criaturas posibles
que ni serán, son, ni fueron!
Ana por Samuel no hizo
más visajes en el templo,
dando qué pensar a Helí,
que los que por vos he hecho.
No dejé santo ni santa
de quien con piedad creemos
que de impetrar sucesiones
obtienen el privilegio,
que no hiciera intercesora,
que no hiciera medianero,
porque os sacase de idea
al ser, el Poder Supremo.
Salistes, en fin, a luz,
con aparato tan bello,
que en vuestra fábrica hermosa
se ostentó el saber inmenso.
Pasóse aquella agonía,
y sucedióle al deseo
(que era de teneros antes),
el cuidado de teneros.
Entró con la posesión
el gusto, y al mismo tiempo
el desvelo de guardaros
y el temor de no perderos.
¡Oh, cuántas veces, señor,
de experiencia conocemos
que es más dicha una carencia
que una posesión con riesgo!
Dígolo porque en los sustos
que me habéis dado y los miedos,
bien puedo decir que tanto
como me costáis, os quiero.
¿Cuántas veces ha pendido
de lo débil de un cabello
de vuestra vida, mi vida,
de vuestro aliento, mi aliento?
¿Qué achaque habéis padecido,
que no sonase, aun primero
que en vuestra salud el golpe,
en mi corazón el eco?
El dolor de vuestra madre,
de vuestro padre el desvelo,
el mal que pasabais vos
y el cariño que yo os tengo,
todo era un cúmulo en mí
de dolor, siendo mi pecho
de tan dolorosas líneas
el atormentado centro.
En fin, ya, gracias a Dios,
habemos llegado al puerto,
pasando vuestra edad todo
el océano del cielo.
Ya habéis visto doce signos,
y en todos, Alcides nuevo,
venciendo doce trabajos
de tantos temperamentos;
ya, hijo luciente del Sol,
llevando el carro de Febo,
sabéis a Flegón y Eonte
regir los fogosos frenos;
ya al León dejáis vencido,
ya al Toro dejáis sujeto,
ya al Cáncer sin la ponzoña
y al Escorpión sin veneno;
sin flechas al Sagitario,
hollando de Aries el cuello,
a Géminis envidioso,
y a Acuario dejáis sediento;
enamorada a la Virgen,
a los Peces dejáis presos,
al Capricornio rendido
y a Libra inclinado el peso.
Ya habéis experimentado
la variedad de los tiempos,
que divide en cuatro partes
la trepidación del cielo:
florida, a la primavera,
al estío, macilento,
con su razón, al otoño,
y con su escarcha, al ivierno.
Ya sabéis lo que es vivir;
pues, dado un círculo entero
a vuestra dichosa edad,
quien hace un año, hará ciento.
Ya, en fin, de nuestro natal,
¿natal dije? ¡Qué gran yerro!
¡Que este término me roce
las cuerdas del instrumento!
Pero habiendo de ser años,
¿qué término encontrar puedo
que no sea, años, edad,
natalicio o nacimiento?
Perdonad, señor, y al caso
un chiste contaros quiero,
que a bien que todas las coplas
son una cosa de cuento:
predicaba un cierto quídam
los sermones de san Pedro
muchos años, y así casi
siempre decía uno mesmo;
murmuróle el auditorio
lo rozado en los conceptos,
y avisóselo un amigo
con caritativo celo;
y él respondió: -«Yo mudar
discurso ni asunto puedo,
mientras nuestra madre Iglesia
no me mude el Evangelio.»
Este es el cuento, que puede
ser que gustéis de saberlo,
y si no os agrada, dadlo
por no dicho y por no hecho.
Lo que ahora nos importa
es, fresco pimpollo tierno,
que viváis largo y tendido,
y que crezcáis bien y recio.
Que les deis a vuestros padres
la felicidad de veros
hecho unión de sus dos almas,
visagra de sus dos pechos.
Que se goce vuestra madre
de ser, en vuestros progresos,
la Leda de tal Apolo,
de tal Cupido, la Venus.
Que den sucesión dichosa
a quien sirvan los imperios,
a quien busquen las coronas,
a quien aclamen los cetros.
Que mandéis en la Fortuna,
siendo en sus opuestos ceños,
el móvil de vuestro arbitrio,
el eje de su gobierno.
Creced Adonis y Marte,
siendo, en belleza y esfuerzo
de la corte y la campaña,
el escudo y el espejo.
Y pues es el fausto día
que se cumple el año vuestro,
de dar perdón al convicto
y dar libertad al preso:
dad la vida a Benavides,
que aunque sus delitos veo,
tiene parces vuestro día
para mayores excesos.
A no haber qué perdonar,
la piedad que ostenta el Cielo
ocioso atributo fuera,
o impracticable, a lo menos.
A Herodes en este día
pidió una mujer por premio,
que al sagrado precursor
cortase el divino cuello;
fue la petición del odio,
de la venganza el deseo,
y ejecutó la crueldad
de la malicia el precepto.
Vos sois príncipe cristiano,
y yo, por mi estado, debo
pediros lo más benigno,
y vos no usar lo sangriento.
Muerte puede dar cualquiera;
vida, sólo puede hacerlo
Dios; luego sólo con darla
podéis a Dios pareceros.
Que no es razón que en el día
genial de vuestros obsequios
queden manchadas las aras
ni quede violado el templo.
Y a Dios, que os guarde, señor,
que el decir que os guarde, creo,
que para con Dios y vos
es petición y es requiebro.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

Aplaude, lo mismo que la Fama, en la sabiduría sin par de la señora doña María de Guadalupe Alencastre, la única maravilla de nuestros siglos


Grande duquesa de Aveyro,
cuyas soberanas partes
informa cavado el bronce,
publica esculpido el jaspe;
alto honor de Portugal,
pues le dan mayor realce
vuestras prendas generosas,
que no sus quinas reales;
vos, que esmaltáis de valor
el oro de vuestra sangre,
y siendo tan fino el oro
son mejores los esmaltes;
Venus del mar lusitano,
digna de ser bella madre
de amor, más que la que a Chipre
debió cuna de cristales;
gran Minerva de Lisboa,
mejor que la que triunfante
de Neptuno, impuso a Atenas
sus insignias literales;
digna sólo de obtener
el áureo pomo flamante
que dio a Venus tantas glorias,
como infortunios a Paris;
cifra de las nueve Musas
cuya pluma es admirable
arcaduz por quien respiran
sus nueve acentos süaves;
claro honor de las mujeres,
de los hombres docto ultraje,
que probáis que no es el sexo
de la inteligencia parte;
primogénita de Apolo,
que de sus rayos solares
gozando las plenitudes,
mostráis las actividades;
presidenta del Parnaso,
cuyos medidos compases
hacen señal a las Musas
a que entonen o que pausen;
clara Sibila española,
más docta y más elegante,
que las que en diversas tierras
veneraron las edades;
alto asunto de la Fama,
para quien hace que afanes
del martillo de Vulcano
nuevos clarines os labren:
oíd una musa que,
desde donde fulminante
a la tórrida da el sol
rayos perpendiculares,
al eco de vuestro nombre,
que llega a lo más distante,
medias sílabas responde
desde sus concavidades,
y al imán de vuestras prendas,
que lo más remoto atrae,
con amorosa violencia
obedece, acero fácil.
Desde la América enciendo
aromas a vuestra imagen,
y en este apartado polo
templo os erijo y altares.
Desinteresada os busco,
que el afecto que os aplaude,
es aplauso a lo entendido
y no lisonja a lo grande.
Porque, ¿para qué, señora,
en distancia tan notable,
habrán vuestras altiveces
menester mis humildades?
Yo no he menester de vos
que vuestro favor me alcance
favores en el Consejo
ni amparo en los Tribunales,
ni que acomodéis mis deudos,
ni que amparéis mi linaje,
ni que mi alimento sean
vuestras liberalidades,
que yo, señora, nací
en la América abundante,
compatrïota del oro,
paisana de los metales,
adonde el común sustento
se da casi tan de balde,
que en ninguna parte más
se ostenta la tierra, madre.
De la común maldición,
libres parece que nacen
sus hijos, según el pan
no cuesta al sudor afanes.
Europa mejor lo diga,
pues ha tanto que, insaciable,
de sus abundantes venas
desangra los minerales,
y cuantos el dulce Lotos
de sus riquezas les hace
olvidar los propios nidos,
despreciar los patrios lares,
pues entre cuantos la han visto,
se ve con claras señales,
voluntad en los que quedan
y violencia en los que parten.
Demás de que, en el estado
que Dios fue servido darme,
sus riquezas solamente
sirven para despreciarse,
que para volar segura
de la religión la nave,
ha de ser la carga poca
y muy crecido el velamen,
porque si algún contrapeso,
pide para asegurarse,
de humildad, no de riquezas,
ha menester hacer lastre.
Pues, ¿de qué cargar sirviera
de riquezas temporales,
si en llegando la tormenta
era preciso alijarse?
Con que por cualquiera de estas
razones, pues es bastante
cualquiera, estoy de pediros
inhibida por dos partes.
Pero, ¿a dónde de mi patria
la dulce afición me hace
remontarme del asunto
y del intento alejarme?
Vuelva otra vez, gran señora,
el discurso a recobrarse,
y del hilo del discurso
los dos rotos cabos ate.
Digo, pues, que no es mi intento,
señora, más que postrarme
a vuestras plantas que beso
a pesar de tantos mares.
La siempre divina Lisi,
aquélla en cuyo semblante
ríe el día, que obscurece
a los días naturales,
mi señora la condesa
de Paredes, aquí calle
mi voz, que dicho su nombre,
no hay alabanzas capaces;
ésta, pues, cuyos favores
grabados en el diamante
del alma, como su efigie,
vivirán en mí inmortales,
me dilató las noticias
ya antes dadas de los padres
misioneros, que pregonan
vuestras cristianas piedades,
publicando cómo sois
quien con celo infatigable
solicita que los triunfos
de nuestra fe se dilaten.
Ésta, pues, que sobre bella,
ya sabéis que en su lenguaje
vierte flores Amaltea
y destila amor panales,
me informó de vuestras prendas
como son y como sabe,
siendo sólo tanto Homero
a tanto Aquiles bastante.
Sólo en su boca el asunto
pudiera desempeñarse,
que de un ángel sólo puede
ser coronista otro ángel.
A la vuestra, su hermosura
alaba, porque envidiarse
se concede en las bellezas
y desdice en las deidades.
Yo, pues, con esto movida
de un impulso dominante,
de resistir imposible
y de ejecutar no fácil,
con pluma en tinta, no en cera,
en alas de papel frágil,
las ondas del mar no temo,
las pompas piso del aire,
y venciendo la distancia,
porque suele a lo más grave
la gloria de un pensamiento
dar dotes de agilidades,
a la dichosa región
llego, donde las señales
de vuestras plantas me avisan
que allí mis labios estampe.
Aquí estoy a vuestros pies,
por medio de estos cobardes
rasgos, que son podatarios
del afecto que en mí arde.
De nada puedo serviros,
señora, porque soy nadie,
mas quizá por aplaudiros,
podré aspirar a ser alguien.
Hacedme tan señalado
favor, que de aquí adelante
pueda de vuestros crïados
en el número contarme.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

Coplas para música, en festín de cumplimiento de años de su majestad


Enhorabuena el gran Carlos
sus felices años cumpla:
dichosos, porque los vive;
grandes, porque los ocupa.
Enhorabuena, en obsequio
de su majestad augusta,
de su resplandor, ministros,
todos los astros concurran.
Enhorabuena, en su rostro
que los dos mundos ilustra,
brillen encendidas flores,
florecientes rayos luzgan.
Enhorabuena su mano
gloriosamente introduzga
en los dos mundos su yugo,
a los dos mares coyunda.
De América, enhorabuena,
huelle la cerviz robusta,
que adora, en el pie que besa,
la mano que la sojuzga.
Su vida, en buen hora, sea
de muchas vidas la suma,
porque como muchas dure
la que vale más que muchas.

Romance de Sor Juana

Debió la austeridad de acusarla tal vez el metro; y satisface, con el poco tiempo que empleaba en escribir a la señora virreina, las Pascuas

Daros las Pascuas, señora,
es en mi gusto y es deuda:
el gusto, de parte mía;
y la deuda, de la vuestra.
Y así, pese a quien pesare
escribo, que es cosa recia,
no importando que haya a quien
le pese lo que no pesa.
Y bien mirado, señora,
decid, ¿no es impertinencia
querer pasar malos días
porque yo os dé noches buenas?
Si yo he de daros las Pascuas,
¿qué viene a importar que sea
en verso o en prosa, o con
estas palabras o aquéllas?
Y más cuando en esto corre
el discurso tan apriesa,
que no se tarda la pluma
más que pudiera la lengua.
Si es malo, yo no lo sé;
sé que nací tan poeta,
que azotada, como Ovidio,
suenan en metro mis quejas.
Pero dejemos aquesto,
que yo no sé cuál idea
me llevó, insensiblemente,
hacia donde non debiera.
Adorado dueño mío,
de mi amor divina esfera,
objeto de mis discursos,
suspensión de mis potencias;
excelsa, clara María,
cuya sin igual belleza
sólo deja competirse
de vuestro valor y prendas:
tengáis muy felices Pascuas,
que aunque es frase vulgar ésta,
¿quién quita que pueda haber
vulgaridades discretas?;
que yo para vos no estudio,
porque de amor la llaneza
siempre se explica mejor
con lo que menos se piensa.
Y dádselas de mi parte,
gran señora, a su excelencia,
que si no sus pies, humilde,
beso la que pisan tierra.
Y al bellísimo Josef,
con amor y reverencia
beso las dos, en que estriba,
inferiores azucenas.
Y a vos beso del zapato
la más inmediata suela,
que con este punto en boca
solo, callaré contenta.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

Puro amor, que ausente y sin deseo de indecencias, puede sentir lo que el más profano


Lo atrevido de un pincel,
Filis, dio a mi pluma alientos,
que tan gloriosa desgracia,
más causa corrió que miedo.
Logros de errar por tu causa
fue de mi ambición el cebo;
donde es el riesgo apreciable,
¿qué tanto valdrá el acierto?
Permite, pues, a mi pluma
segundo arresgado vuelo,
pues no es el primer delito
que le disculpa el ejemplo.
Permite escale tu alcázar
mi gigante atrevimiento,
que a quien tanta esfera bruma
no extrañará el Lilibeo:
pues ya al pincel permitiste
querer trasladar tu cielo,
en el que siendo borrón
quiere pasar por bosquejo.
¡Oh temeridad humana!,
¿por qué los rayos de Febo,
que aun se niegan a la vista,
quieres trasladar al lienzo?
¿De qué le sirve al sol mismo
tanta prevención de fuego,
si a refrenar osadías
aun no bastan sus consejos?
¿De qué sirve que, a la vista
hermosamente severo,
ni aun con la costa del llanto,
deje gozar sus reflejos,
si locamente la mano,
si atrevido el pensamiento
copia la luciente forma,
cuenta los átomos bellos?
Pues, ¿qué diré, si el delito
pasa a ofender el respecto
de un sol (que llamarlo sol
es lisonja del sol mesmo)?
De ti, peregrina Filis,
cuyo divino sujeto
se dio por merced al mundo,
se dio por ventaja al cielo;
en cuyas devinas aras,
ni sudor arde sabeo,
ni sangre se efunde humana,
ni bruto se corta cuello,
pues del mismo corazón
los combatientes deseos
son holocausto poluto,
son materiales afectos,
y solamente del alma
en religiosos incendios,
arde sacrificio puro
de adoración y silencio.
Éste venera tu culto,
éste perfuma tu templo;
que la petición es culpa,
y temeridad el ruego.
Pues alentar esperanzas,
alegar merecimientos,
solicitar posesiones,
sentir sospechas y celos,
es de bellezas vulgares,
indigno, bajo trofeo,
que en pretender ser vencidas
quieren fundar vencimientos.
Mal se acreditan deidades
con la paga; pues es cierto
que a quien el servicio paga,
no se debió el rendimiento.
¡Qué distinta adoración
se te debe a ti, pues siendo
indignos aun del castigo,
mal aspirarán al premio!
Yo pues, mi adorada Filis,
que tu deidad reverencio,
que tu desdén idolatro
y que tu rigor venero:
bien así como la simple
amante que en tornos ciegos,
es despojo de la llama
por tocar el lucimiento;
como el niño que, inocente,
aplica incauto los dedos
a la cuchilla, engañado
del resplandor del acero,
y, herida la tierna mano,
aún sin conocer el yerro,
más que el dolor de la herida
siente apartarse del reo;
cual la enamorada Clicie
que al rubio amante siguiendo,
siendo padre de las luces,
quiere enseñarle ardimientos;
como a lo cóncavo el aire,
como a la materia el fuego,
como a su centro las peñas,
como a su fin los intentos;
bien como todas las cosas
naturales, que el deseo
de conservarse las une
amante en lazos estrechos...
Pero, ¿para qué es cansarse?
Como a ti, Filis, te quiero;
que en lo que mereces, éste
es solo encarecimiento.
Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento,
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo.
Demás, que al natural orden
sólo le guardan los fueros
las comunes hermosuras,
siguiendo el común gobierno,
no la tuya, que gozando
imperiales privilegios,
naciste prodigio hermoso,
con exenciones de regio;
cuya poderosa mano,
cuyo inevitable esfuerzo,
para dominar las almas
empuñó el hermoso cetro.
Recibe un alma rendida
cuyo estudioso desvelo
quisiera multiplicarla
por solo aumentar tu imperio;
que no es fineza, conozco,
darte, lo que es de derecho
tuyo, mas llámola mía
para dártela de nuevo,
que es industria de mi amor
negarte, tal vez, el feudo,
para que al cobrarlo dobles
los triunfos, si no los reinos.
¡Oh, quién pudiera rendirte,
no las riquezas de Creso,
que materiales tesoros
son indignos de tal dueño,
sino cuantas almas libres,
cuantos arrogantes pechos,
en fe de no conocerte
viven de tu yugo exentos!
Que quiso próvido Amor,
el daño evitar, discreto,
de que en cenizas tus ojos
resuelvan el universo.
Mas, ¡oh libres desdichados,
todos los que ignoran, necios,
de tus divinos hechizos
el saludable veneno!
Que han podido tus milagros,
el orden contravirtiendo,
hacer el dolor amable,
y hacer glorioso el tormento.
Y si un filósofo, sólo
por ver al señor de Delos,
del trabajo de la vida
se daba por satisfecho,
¿con cuánta más razón yo
pagara el ver tus portentos,
no sólo a afanes de vida,
pero de la muerte a precio?
Si crédito no me das,
dalo a tus merecimientos,
que es, si registras la causa,
preciso hallar el efecto.
¿Puedo yo dejar de amarte
si tan divina te advierto?
¿Hay causa sin producir?
¿Hay potencia sin objecto?
Pues siendo tú el más hermoso,
grande, soberano, excelso,
que ha visto en círculos tantos
el verde torno del tiempo,
¿para qué mi amor te vio?,
¿por qué mi fe te encarezco
cuando es cada prenda tuya
firma de mi captiverio?
Vuelve a ti misma los ojos,
y hallarás, en ti y en ellos,
no sólo el amor posible,
mas preciso el rendimiento,
entre tanto que el cuidado,
en contemplarte suspenso,
que vivo, asegura, sólo
en fe de que por ti muero.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

Mezcla con el gracejo la erudición, y da los años que cumple la excelentísima señora condesa de Paredes, no por muchos, sino por augmento

Excusado el daros años,
señora, me ha parecido,
pues quitarlos a las damas
fuera mayor beneficio;
y por esto no os los diera,
pero después he advertido
que no impera en las deidades
el estrago de los siglos.
Y así más años viváis
que aquel pájaro fenicio
ha vivido, no en Arabia,
sino en símiles prolijos
(por erudición primera
esa avecilla os remito,
que al festín de vuestros años
puede servir de principio);
más que dolores ardientes
sintió en el leño encendido,
de Egea el amante tierno,
por la venganza del tío;
más que el cuello de Medusa
vertió venenosos hilos
que, cayendo en rojas gotas,
levantaron basiliscos;
más que el Cíclope celoso
dio al infeliz mozo gritos,
que aun después de transformado
se le escapó fugitivo;
más que el doloroso acento
del dulce de Tracia hijo,
suspendió en canciones, furias,
desató en dulzuras, grillos;
más que al que al sol se atrevió
a hurtar el rayo lucido,
y en el Cáucaso atormenta
diuturno fiero ministro;
más que al infeliz Faetón
el fraternal llanto pío
lloró, bálsamo oloroso,
si empezó humor cristalino;
más que las cuarenta y nueve
pagan en duros castigos,
la obediencia al fiero padre
contra los incautos primos;
más que en estragos Medea,
de sus músicos hechizos,
probó los males que causa
el celoso precipicio;
más que le costaron daños
por el juvenil delirio,
un hermoso robo a Troya
y a España un honor perdido.
Mas, ya que estaréis cansada
de estos mases, imagino,
que suele moler un más
más que un mazo y un martillo.
Y así en cifra os lo diré
por no dejar de decirlos:
sed más que todos los mases
de los modernos y antiguos.
Y en fin, en lo que viváis,
con vuestro consorte digno,
vuestra fama sola pueda
igualaros el guarismo.
Llevad la inmortalidad
a medias, como los hijos
de Leda hermosa, llevando
de más el lucir unidos.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

A la merced de alguna presea que la excelentísima señora doña Elvira de Toledo, virreina de Méjico, la presentó, corresponde con una perla y este romance, de no menor fuerza, que envió desde Méjico a la excelentísima señora condesa de Paredes

Hermosa, divina Elvira
a cuyas plantas airosas,
los que a Apolo son laureles
aun no las sirven de alfombra;
a quien Venus y Minerva
reconocen, envidiosas,
la ateniense, por más sabia,
la cipria, por más hermosa;
a quien si el pastor Ideo
diera la dorada poma,
lo justo de la sentencia
le excusara la discordia,
pues a vista del exceso
de tus prendas generosas,
sin esperar al examen,
te cediera la corona:
tú, que impedirle pudieras
la tragedia lastimosa
a Andrómeda, y de Perseo
el asunto a la victoria,
pues mirando tu hermosura
las Nereidas, ambiciosas,
su belleza despreciaran
y a ti te envidiaran sola,
ese concepto oriental
que del llanto de la Aurora
concibió concha lucida
a imitación de tu boca,
en quien la naturaleza,
del arte competidora,
siendo forma natural,
finge ser artificiosa,
quizá porque en su figura,
erudición cierta y docta,
a fascinantes contagios
da virtud preservadora;
con justa razón ofrezco
a tus aras victoriosas,
pues por tributo del mar
a Venus sólo le toca.
Bien mi obligación quisiera
que excediera, por preciosa,
a la que líquida en vino
engrandeció egipcias bodas,
o a aquélla que, blasón regio
de la grandeza española,
nuestros católicos reyes
guardan, vinculada joya;
pero me consuela el ver
que, si tu tocado adorna,
con prestarle tú el oriente,
será más rica que todas,
que el lucir tanto los astros
que del cielo son antorchas,
no es tanto por lo que son,
como donde se colocan.
Recíbela por ofrenda
de mi fineza amorosa,
pues para ser sacrificio,
no en vano quiso ser hostia;
mientras yo, para la prenda
de tu mano generosa,
como para mejor perla,
del corazón hago concha.

Romance de Sor Juana

Pinta la proporción hermosa de la excelentísima señora condesa de Paredes, con otra de cuidados, elegantes esdrújulos, que aún le remite desde Méjico a su excelencia

Lámina sirva el cielo al retrato,
Lísida, de tu angélica forma;
cálamos forme el sol de sus luces,
sílabas las estrellas compongan.
Cárceles tu madeja fabrica:
dédalo que sutilmente forma
vínculos de dorados ofires,
tíbares de prisiones gustosas.
Hécate, no triforme, mas llena,
pródiga de candores asoma,
trémula no en tu frente se oculta,
fúlgida su esplendor desemboza.
Círculo dividido en dos arcos,
pérsica forman lid belicosa:
áspides que por flechas disparas,
víboras de halagüeña ponzoña.
Lámparas, tus dos ojos, febeas,
súbitos resplandores arrojan;
pólvora que a las almas que llega,
tórridas abrasadas transforma.
Límite, de una y otra luz pura,
último, tu nariz judiciosa,
árbitro es entre dos confinantes,
máquina que divide una y otra.
Cátedras del abril, tus mejillas,
clásicas, dan a mayo, estudiosas,
método a jazmines nevados,
fórmula rubicunda a las rosas.
Lágrimas del aurora congela,
búcaro de fragancias, tu boca;
rúbrica con carmines escrita,
cláusula de coral y de aljófar.
Cóncavo es, breve pira, en la barba,
pórfido en que las almas reposan;
túmulo les eriges de luces,
bóveda de luceros las honra.
Tránsito a los jardines de Venus,
órgano es de marfil, en canora
música, tu garganta, que en dulces
éxtasis aun al viento aprisiona.
Pámpanos de cristal y de nieve,
cándidos tus dos brazos, provocan
tántalos, los deseos ayunos,
míseros, sienten frutas y ondas.
Dátiles de alabastro tus dedos,
fértiles de tus dos palmas brotan,
frígidos si los ojos los miran,
cálidos si las almas los tocan.
Bósforo de estrechez tu cintura,
cíngulo ciñe breve por zona,
rígida (si de seda) clausura,
músculos nos oculta, ambiciosa.
Cúmulo de primores, tu talle,
dóricas esculturas asombra,
jónicos lineamientos desprecia,
émula su labor de sí propria.
Móviles pequeñeces tus plantas,
sólidos pavimentos ignoran;
mágicos que, a los vientos que pisan
tósigos de beldad inficionan.
Plátano, tu gentil estatura,
flámula es que a los aires tremola
ágiles movimientos, que esparcen
bálsamo de fragantes aromas.
Índices de tu rara hermosura,
rústicas estas líneas son cortas;
cítara solamente de Apolo,
méritos cante tuyos, sonora.

Romance de Sor Juana Inés de la Cruz

A la Encarnación

Que hoy bajó Dios a la tierra
es cierto; pero más cierto
es, que bajando a María,
bajó Dios a mejor cielo.
Por obediencia del Padre
se vistió de carne el Verbo,
mas tal, que le pudo hacer
comodidad el precepto.
Conveniencia fue de todos
este divino misterio,
pues el hombre, de fortuna,
y Dios mejoró de asiento.
Su sangre le dio María
a logro, porque a su tiempo,
la que recibe encarnando
restituya redimiendo;
si ya no es que, para hacer
la redención, se avinieron,
dando moneda la Madre,
y poniendo el Hijo el sello.
Un arcángel a pedir
bajó su consentimiento,
guardándole, en ser rogada,
de reina los privilegios.
¡Oh grandeza de María,
que cuando usa el Padre Eterno
de dominio con su Hijo,
use con ella de ruego!
A estrecha cárcel reduce
de su grandeza lo inmenso,
y en breve morada cabe
quien sólo cabe en sí mesmo.

Romance de Sor Juana

A lo mismo

Escuchen qué cosa y cosa
tan maravillosa aquésta:
un marido sin mujer,
y una casada, doncella.
Un padre que no ha engendrado
a un hijo a quien otro engendra;
un hijo mayor que el padre,
y un casado con pureza.
Un hombre que da alimentos
al mismo que lo alimenta,
cría al que lo crió, y al mismo
que lo sustenta, sustenta.
Manda a su proprio señor,
y a su hijo Dios, respecta;
tiene por ama una esclava,
y por esposa una reina.
Celos tuvo y confianza,
seguridad y sospechas,
riesgos y seguridades,
necesidad y riquezas.
Tuvo, en fin, todas las cosas
que pueden pensarse buenas;
y es, en fin, de María esposo,
y de Dios, padre en la tierra.

Romance de sor Juana Inés de la Cruz

A San Pedro

Del descuido de una culpa,
un gallo, Pedro, os avisa,
que aun lo irracional reprehende,
a quien la razón olvida.
¡Qué poco la Providencia
de instrumentos necesita,
pues a un apóstol convierte
con lo que un ave predica!
Examen fue vuestra culpa
para vuestra prelacía,
que peligra de muy recto
quien de frágil no peligra.
Tímido mueve el impulso
de la mano compasiva
quien en su castigo proprio
tiene del dolor noticia.
En las ajenas flaquezas
siempre la vuestra se os pinta,
y el estruendo del que cae,
os recuerda la caída.
Así templan vuestros ojos
con la piedad la justicia,
cuando lloran como reos,
lo que como jueces miran.
 

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