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Qué es esto, Alcino de sor Juana Inés

Aunque en vano, quiere reducir a método racional el pesar de un celoso


¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura
se deja así vencer de un mal celoso,
haciendo con extremos de furioso
demostraciones más que de locura?

¿En qué te ofendió Celia, si se apura?
¿O por qué al amor culpas de engañoso,
si no aseguró nunca poderoso
la eterna posesión de su hermosura?

La posesión de cosas temporales,
temporal es, Alcino, y es abuso
el querer conservarlas siempre iguales.

Con que tu error o tu ignorancia acuso,
pues Fortuna y Amor, de cosas tales
la propiedad no han dado, sino el uso.

Yo no dudo, Lisarda, que te quiero

Un celoso refiere el común pesar que todos padecen, y advierte a la causa, el fin que puede tener la lucha de afectos encontrados


Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,
aunque sé que me tienes agraviado;
mas estoy tan amante y tan airado,
que afectos que distingo no prefiero.

De ver que odio y amor te tengo, infiero
que ninguno estar puede en sumo grado,
pues no le puede el odio haber ganado
sin haberle perdido amor primero.

Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfación vana te aviso:

pues si el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso,
de lo remiso pasará a ser nada.

De la beldad de Laura enamorados

En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera


De la beldad de Laura enamorados
los cielos, la robaron a su altura,
porque no era decente a su luz pura,
ilustrar estos valles desdichados;

o porque los mortales, engañados
de su cuerpo en la hermosa arquitectura,
admirados de ver tanta hermosura,
no se juzgasen bienaventurados.

Nació donde el oriente el rojo velo
corre, al nacer al astro rubicundo,
y murió donde, con ardiente anhelo,

da sepulcro a su luz el mar profundo;
que fue preciso a su divino vuelo,
que diese como sol la vuelta al mundo.

Bello compuesto en Laura dividido

A lo mismo


Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso
y para qué tal alma has despedido?

Pero ya ha penetrado mi sentido
que sufres el divorcio riguroso
porque el día final puedas, gozoso,
volver a ser eternamente unido.

Alcanza tú, alma dichosa, el presto vuelo,
y, de tu hermosa cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en yelo,

sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
para que no eches menos tu morada.

Si los riesgos del mar considerara

Encarece de animosidad la elección de estado durable hasta la muerte


Si los riesgos del mar considerara,
ninguno se embarcara, si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera,
ni al bravo toro osado provocara;

si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera
el jinete prudente, nunca hubiera
quien con discreta mano le enfrenara.

Pero si hubiera alguno tan osado
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiere gobernar con atrevida

mano el rápido carro en luz bañado,
todo lo hiciera; y no tomara sólo
estado que ha de ser toda la vida.

Probable opinión es que conservarse

Para explicar la causa a la rebeldía, ya sea firmeza de un cuidado, se vale de opinión que atribuye a la perfección de su forma lo incorruptible en la materia de los cielos; usa cuidadosamente términos de escuelas


Probable opinión es que conservarse
la forma celestial en su fijeza,
no es porque en la materia hay más nobleza
sino por la manera de informarse;

porque aquel apetito de mudarse,
lo sacia de la forma la nobleza,
con que cesando el apetito, cesa
la ocasión que tuvieran de apartarse.

Así tu amor, con vínculo terrible,
el alma que te adora, Celia, informa;
con que su corrupción es imposible

ni educir otra con quien no conforma,
no por ser la materia incorruptible,
mas por lo inamisible de la forma.

Aunque es clara del cielo la luz pura

Aplaude la ciencia astronómica del padre Eusebio Francisco Kino, de la Compañía de Jesús, que escribió del cometa que el año de ochenta apareció, absolviéndole de ominoso


Aunque es clara del cielo la luz pura,
clara la luna y claras las estrellas,
y claras las efímeras centellas
que el aire eleva y el incendio apura;

aunque es el rayo claro, cuya dura
producción cuesta al viento mil querellas,
y el relámpago que hizo de sus huellas
medrosa luz en la tiniebla obscura;

todo el conocimiento torpe humano
se estuvo obscuro sin que las mortales
plumas pudiesen ser, con vuelo ufano,

Ícaros de discursos racionales,
hasta que el tuyo, Eusebio soberano,
les dio luz a las luces celestiales.

Mueran contigo, Laura de Sor Juana

Lamenta con todos la muerte de la señora marquesa de Mancera


Mueran contigo, Laura, pues moriste,
los afectos que en vano te desean,
los ojos a quien privas de que vean
la hermosa luz que a un tiempo concediste.

Muera mi lira infausta en que inflüiste
ecos que lamentables te vocean,
y hasta estos rasgos mal formados sean
lágrimas negras de mi pluma triste.

Muévase a compasión la misma Muerte,
que, precisa, no pudo perdonarte;
y lamente el Amor su amarga suerte,

pues si antes, ambicioso de gozarte,
deseó tener ojos para verte,
ya le sirvieran sólo de llorarte.

Vuestra edad, gran señor de Sor Juana

Al mismo asunto


Vuestra edad, gran señor, en tanto exceda
a la capacidad que abraza el cero,
que la combinatoria de Kirkero
multiplicar su cuantidad no pueda.

Del giro hermoso la luciente rueda
que el uno trastornó y otro lucero,
y el que fin fue del círculo primero,
principio dé feliz al que suceda.

Vivid, porque entre propios y entre extraños
de mi plectro las claras armonías
celebren vuestros hechos sin engaños;

y uniendo duraciones a alegrías,
a las glorias compitan vuestros años
y las glorias excedan a los días.

Cuando mi error y tu vileza veo de Sor Juana

De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento

Cuando mi error y tu vileza veo,
contemplo, Silvio, de mi amor errado,
cuán grave es la malicia del pecado,
cuán violenta la fuerza de un deseo.

A mi mesma memoria apenas creo
que pudiese caber en mi cuidado
la última línea de lo despreciado,
el término final de un mal empleo.

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
viendo mi infame amor, poder negarlo;
mas luego la razón justa me advierte

que sólo se remedia en publicarlo;
porque del gran delito de quererte,
sólo es bastante pena, confesarlo.

Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno

Prosigue en su pesar, y dice que aun no quisiera aborrecer tan indigno sujeto, por no tenerle así aun cerca del corazón


Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno
el que estés de esta suerte en mi sentido;
que infama al hierro el escorpión herido,
y a quien lo huella, mancha inmundo el cieno.

Eres como el mortífero veneno
que daña a quien lo vierte inadvertido,
y en fin eres tan malo y fementido,
que aun para aborrecido no eres bueno.

Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice,
por darme yo la pena que merezco;

pues cuando considero lo que hice,
no solo a ti, corrida, te aborrezco,
pero a mí, por el tiempo que te quise.

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes

No quiere pasar por olvido lo descuidado


Dices que yo te olvido, Celio, y mientes
en decir que me acuerdo de olvidarte,
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvidado, te presentes.

Mis pensamientos son tan diferentes
y en todo tan ajenos de tratarte,
que ni saben si pueden olvidarte,
ni, si te olvidan, saben si lo sientes:

Si tú fueras capaz de ser querido
fueras capaz de olvido; y ya era gloria,
al menos, la potencia de haber sido;

mas tan lejos estás de esa victoria,
que aqueste no acordarme no es olvido
sino una negación de la memoria.

Dices que no te acuerdas, Clori de Sor Juana

Sin perder los mismos consonantes, contradice con la verdad, aún más ingeniosa, su hipérbole

Dices que no te acuerdas, Clori, y mientes
en decir que te olvidas de olvidarte,
pues das ya en tu memoria alguna parte
en que, por olvidado, me presentes.

Si son tus pensamientos diferentes
de los de Albiro, dejarás tratarte,
pues tú misma pretendes agraviarte
con querer persuadir lo que no sientes.

Niégasme ser capaz de ser querido,
y tú misma concedes esa gloria,
con que en tu contra tu argumento ha sido;

pues si para alcanzar tanta victoria
te acuerdas de olvidarte del olvido,
ya no das negación en tu memoria.

Altísimo señor, monarca hispano de Sor Juana

Llegaron a Méjico, con el hecho piadoso, las aclamaciones poéticas de Madrid a su majestad; que alaba la poetisa por más superior modo

Altísimo señor, monarca hispano,
que a Dios, entre accidentes escondido,
cuando queréis mostraros más rendido,
es cuando os ostentáis más soberano:

aquesa acción, señor, que al luterano
asombró en Carlos Quinto esclarecido,
y ésa, por quien el gran Rodulfo vido
del mundo el cetro en su piadosa mano,

aunque aplaudida en el hispano suelo
ha sido con católica alegría,
no causa admiración a mi desvelo:

quede admirado aquél que desconfía,
y de vuestra piedad, virtud y celo,
ésa y más religión no suponía.

Firma Pilatos la que juzga ajena de Sor Juana

A la sentencia que contra Cristo dio Pilatos: y aconseja a los jueces que antes de firmar fiscalicen sus proprios motivos

Firma Pilatos la que juzga ajena
sentencia, y es la suya: ¡Oh caso fuerte!
¿Quién creerá que firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena?
La ambición, de sí tanto le enajena
que con el vil temor, ciego, no advierte
que carga sobre sí la infausta suerte
quien al justo sentencia a injusta pena.
¡Jueces del mundo, detened la mano!
¡Aún no firméis!, mirad si son violencias
las que os pueden mover de odio inhumano.
Examinad primero las conciencias:
mirad no haga el juez recto y soberano
que en la ajena, firméis vuestras sentencias.

A la muerte del excelentísimo señor duque de Veragua

A la muerte del excelentísimo señor duque de Veragua

¿Ves, caminante? En esta triste pira
la potencia de Jove está postrada;
aquí Marte rindió la fuerte espada
aquí Apolo rompió la dulce lira;

aquí Minerva, triste, se retira;
y la luz de los astros, eclipsada,
toda está en la ceniza venerada
del excelso Colón que aquí se mira.

Tanto pudo la fama encarecerlo
y tanto las noticias sublimarlo,
que sin haber llegado a conocerlo

llegó con tanto extremo el reino a amarlo,
que muchos ojos no pudieron verlo,
mas ningunos pudieron no llorarlo.

Detén el paso de Sor Juana Inés de la Cruz

Al mismo

Detén el paso, caminante; advierte
que aun esta losa guarda enternecida,
con triunfos de su diestra no vencida,
al capitán más valeroso y fuerte:

al duque de Veragua, ¡oh triste suerte
que nos dio en su noticia esclarecida,
en relación, los bienes de su vida,
y en posesión, los males de su muerte!

No es muerto el duque, aunque su cuerpo abrace
la losa que piadosa le recibe,
pues porque a su vivir el curso enlace,

aunque el mármol su muerte sobreescribe,
en las piedras verás el Aquí yace,
mas en los corazones, Aquí vive.

Moriste, duque excelso de Sor Juana

¡Moriste, duque excelso, en fin moriste,
sol de Veragua claro y refulgente,
que apenas ilustrabas el oriente
cuando en fatal ocaso te pusiste!

¡Tú, que por tantas veces te ceñiste
el desdén vencedor del sol ardiente,
apareciste exhalación luciente,
llegaste aplauso, ejemplo feneciste!

Moriste, en fin, pero mostraste, osado,
el valor de tu pecho no vencido,
de la propria nación tan venerado,

de las contrarias armas tan temido;
moriste de improviso, que aun el hado
no osara acometerte prevenido.
 

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